Archivo mensual: enero 2013

Aquella Noche


Fue aquella noche, lo recuerdo bien

El trinar de los grillos me adelantaba la soledad que me seguía.

Luego de esa llamada…

Luego de varios minutos, quien sabe si uno o diez (¿es realmente relevante?)

Las lágrimas no me dejaron gritar,

Cada una de ellas cargaba una duda, se aferraban a mis ojos, exigían respuestas.

Si, fue aquella noche.

Ya la soledad estaba a mi lado, ¿habría estado ya siempre?

Aguardaba aún las palabras sin sonido que emitía con dificultad.

Muda quedé, por un instante o dos,

Mientras que mi última duda caía.

Fue aquella noche, lo sé muy bien

Cuando dejé de sentir.

Isabel Saavedra

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Adentro se lloraba el amor


Mientras tenía mi corazón en el puño observé que estaba muy abatido, había notado que me hacía falta razón para estar  contenta, para no pretender salir a un día sin un aire que me vislumbre y sobre todo para regresarlo a mi pecho palpitante y conmovedor… que si no tenía salidas hacia algunos brazos tibios para abrigarme el día, me atormentaba en monocromáticos  atardeceres y no había espacio ni tiempo para tentar un beso al vacío, una sonrisa a mi alma profunda, desabrida sin emociones, casi sin ensueños para despertar…

Pero, hay presencias, y descubrí que un beso puede ser dulce e indescifrable, que  hay un motivo de soledad si la razón es la tristeza y que en un sentido así el desconsuelo es una herramienta muy cómoda para no antojarse sentir el sol, ya un beso no esgrime de nada, ni un beso si quiera, porque se sobre salta hacia la rebeldía de la carne suspensa y aturdida… y esa es la parsimonia de un beso insomne.

También descubrí, que por los caminos que conducen a mi alma las cosas no residían, tan igual como entrar a un un rojo túnel de sangre, oscuro y triste que  se hunde hasta el final de mi alma, y siempre tiene ganas de estar solitario… no hay garantía para calles perdidas, ni para fechas, ni para caricias y tactos… y por dentro  solo me brotaban muertos de la vida, pero muertos ermitaños que suspiraban el dolor y conducidos como por un deseo casi imposible; así de oscuras se elevaban mis perpetuas noches.

No hace falta decir más sobre esta oscuridad, ya sus sombras la hacen innegable.

No hace falta exprimirle más sangre amarga a este corazón que me tiñe el lienzo de la vida de esa rojez o palidez y que le ha hecho vaciado sin dejar nada más a cual gusano para morder, porque se mermará a la muerte. Ya es terrible, ya es fuerte, ya no tiñe heridas, ya no pide nada porque perdonando la vida y haciéndola bendita lo tentó la muerte sin consideración alguna.

No me habla, no me toca ya si quiera, porque ya no vive, y esa es la muerte que resisto.

Pondré una vez más en mi puño la vida ajena de sensaciones y apretaré en mis manos las flores que dejaré en la tumba de un rosa corazón que me pertenece…

Y ahora en este epítome la palabra de mi corazón sea, pero con las manos sueltas y el alma libre…

Que conversen hoy, y solo hoy por mí las palabras y mi sangre, que yo me refugio en la noche mientras tanto.

Ahora cada noche tiembla bajo el peso de una mirada perdida en una esquina de esto blanco que pretendo colmar para ti que me sigues siendo distante a pesar de saberte tan bien, tan indefenso y sin armas, desde cierto día en que te entregué los símbolos que nos han venido acompañando desde que nos supimos sin más.

A tientas me sorprendió el delirio lamiendo los dedos de los pies, destruyendo mi breve y falsa serenidad, fluyendo y derramándome  infinitamente, esperando apenas un leve desbordamiento tuyo para lanzarme al vacío y comenzar de nuevo…

Sentada al borde del universo, perturbando al vértigo que me araña la espalda sabiendo que estás…

Empeñada en creernos inmortales, y tú aferrándose cada vez más a mis cristales…

El tiempo se tragó todo, a las cosas muertas, al tiempo, ya sé que sí la muerte, que sí la tortura como realidad palpable, yo he seguido observando tu silencio y tú te dueles mis pasos que se quedaron pequeños ante tus huellas, mi grito libertario es tan sólo un susurro que se traga tu sabia madurez…

Tantas veces he querido transmutarme, volverme más tú, otra… que no se mire tanto hacia adentro, que no te diga hoy que sólo espero tu sonrisa sosteniendo mi cuerpo que se cae al abismo sin el tuyo.

No voy a mentir sobre las cosas que me acongojan o me lastiman, pertenezco a un vasto vitral que cubre mi piel lleno de átomos de vida, soy mujer de la palabra no dicha y he venido aquí para comprender el silencio y el discernimiento de tus manos amadas por la noche y testigo de mis ardientes secretos…

No voy a mentir sobre esta mujer arrinconada que aun sueña, que se permite ser amada, que es ávida de tormentas y se viste de lluvia con frecuencia para rociar todo, que se trastoca en la domesticidad de sus muslos y que la sorprende el delirio en su aparente serenidad…

Tampoco puedo decir que no he sufrido imponentemente cuando en solitario intento poemas  que digan que por esto que ocurre ya no le temo a la palabra libertad, y que comenzaré hacerla mía a partir de esta lluvia que me humedece los labios al decirlo…

No oculto mi común desesperanza cuando una imagen me promete tantas bienvenidas, terca facilidad de ser feliz, escalar abismos y no llorarme las manos…

No hay nada más que tenga que decir porque he llorado mis derrotas, descubrí el sol de Enero aunque sea Diciembre y sigo aquí o allá, me lluevo sobre mí con descaro y lo defiendo y no voy a permitirme tratar de devolver el cuerpo sino es a mi propia resistencia de la historia…

Me mantengo con la boca abierta por instantes como esperando salir de esta piel o transmutarme y vestirme de algún pétalo de flor recién mojada por el rocío de la lluvia y así no poder llorar desde éstos huesos…

No niego un aliento que se empuña a los vitrales que me cubren, como esperando las palabras que pude tragarme como licor para el olvido…

No le niego haber amanecido sobre el páramo o el río y todo me pareciera igual, el mismo rostro, la misma piel, la muerte vestida de boquete volando por cada bocanada en el espacio, abundada de ojos líquidos…

Tan igual a un corazón con vértigo caigo en mi lugar que a ratos es vacío, tan igual al espacio que existe entre seres, entre sombras y usted y yo la sombra que es intento de alma en las paredes…

No le niego ningún tabuco en mi vida (alegría usted me la conoce), queda todo expuesto entonces, para que vengan los animales de la vida y desgarren lo escaso que perdura, a pesar de la sangre, a pesar de los huesos, rasgando, cadáver, saliva, cuerpo, herida, olvido…

Y le escribo desde adentro porque no quiero ser humo disipado de su boca, porque tengo un vientre preñado de mariposas y unas manos atadas al porvenir que me espera, porque me doy cuenta de los ojos que me miran, y de las palabras que humanamente abrazan las mías tan imprescindibles…

No le niego sobre algunas mañas que tengo de inventarme nuevas formas de soledad, que de vez en cuando me encuentro pero me niego a reconocerme porque la tristeza en definitiva duele más cuando esta sola.

Que me respiro la noche, éstas cuatro paredes, la silla, la mesa, esta máquina, este papel, las sábanas donde me refugio porque no es cama, un incienso que escapa humo y una ventana abierta, puerta abierta esperando todo, la noche…

No me parece vergonzoso deshilarse abiertamente de vez en cuando, es algo corporal combinación feroz de sobrevivencias insistentes, de no querer quedarme en el camino sin mi búsqueda, sin eso que soy yo y sin que usted lo conozca…

Y ahora se me cierran los parpados, mi mundo y esta historia con un nudo en la garganta se ahogan en el aliento que mantiene siempre encendido el deseo y la esperanza…

En un tipo de amor que no es impulsivo..

Un tipo de amor que concede más importancia a lo espiritual, emocional e intelectual que a lo físico o sensual..

Un amor  que podría vivirlo dentro de mí misma..

Sin matices, sin negociación, libre de detalles sucios y fuera del tiempo para no dejarlo envejecer..

En lo bello y en todo su esplendor.

DanHiela

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