Archivo mensual: septiembre 2012

Lullaby (automatic landscape)


Adsert

Era tarde. La lluvia corría suavemente por la orilla. ¿Que pasó? se preguntó. No halló respuesta. Hacía tiempo que se habían

ido, con los caballos de cuellos alegres que ya no sabía quienes habían sido. No, era inútil. Sólo quedaba el reloj. ¿Y para

qué? Sólo para divagar, caminar entre dunas, morderse los labios a la medianoche, cuando ya nada importa y todo se hace

insoportable. Había sido ella lo más hermoso que tuvo, una sombra. Nada parecido a aquellos lirios con los que adornaba las

urnas, más bien, dulzona y perspicaz, algo tímida en el lecho cuando hablaba de su tía. Y la maldita voz de aquél cuadro que

gritaba sin cesar un deseo insatisfecho.  Era inútil escribir ya algo, sólo vaciar la maquinaria, darle vueltas al papel,

girar un poco de día y saltarse otro amanecer ¿acaso no daba ya lo mismo? No era su sexo, era su cabellera, la que le dolía

cada vez que hacían el amor, y por eso decidió que lo mejor era teñirla de rojo. Esos dedos infames ya no hacían más que

tiritarle al oido las mismas estupideces del sacerdote. Era un fastidio y sólo la lluvia seguía allí. Era una ausencia tan

total, tan absoluta, que no sabía a nada, no recordaba a nada. La correa del motor bailaba fuera de sí y todo se desplomaba,

cayendo a pedazos que  en realidad eran apenas algunas migajas. Sigue leyendo

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TOLERANTIA – Ivan Ramadan


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Frank


Miguel Chillida

A Frank

Frank recorría la calle con los lentes de sol habituales, las franelillas de siempre,

y zapatos deportivos. Algunos días, sin nada más que hacer, se detenía ante las vitrinas

de las tiendas. Sus favoritas eran las de armas, en las que veía los cuchillos de campaña,

esos que traen filo a un lado y cierra al otro y sentía cómo los Rolling Stontes y Chase

and Status le corrían por el cuerpo a la vez, y volvía en sí mismo, en lo que podía “ser”

él mismo en ese momento. Frank se preguntaba qué coño quería decir la gente con todo

eso del “ser”, y el “no ser”, realmente ¿qué era ser? ¿Eso que él había “sido” o lo que

los demás habían “sido”? Pero ya no tenía importancia.

Un día, Frank caminaba distraído y a su alrededor las enormes torres de cristal

lo circundaba, lo oprimía, le recordaba lo pequeño que era, cuando un hombre

delgado pasó a su lado consumiendo un cigarrillo frenéticamente. Y Frank pudo ver en

ese espectro, porque eso pensó, que ese podía “ser” un espectro, algo raro, algo así

como un dejo melancólico. Se dijo que no había tales cosas, que esas cosas no pasaban. Sigue leyendo

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Un artista del hambre


Franz Kafka

 

En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos. Entonces, toda la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno; todos querían verlo siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños. Para los adultos aquello solía no ser más que una broma, en la que tomaban parte medio por moda; pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre pálido, con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a veces, cortésmente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, y volvía después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios. Sigue leyendo

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Amour, del Direrctor Michael Haneke


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